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Punto de encuentro de Venezolanos votantes en Bilbao

Atrapada y sin salida? por Rubén Osorio Canales – El Nacional – 6 de Abril 2017

Si algo tenemos en Venezuela es un largo historial de dictaduras, pero nunca habíamos tenido una que llegase al poder con las armas de la democracia para acabar con la democracia y que, además, reuniera en un solo cuerpo: la intolerancia ideológica dirigida por un militar irresponsablemente populista, obsesionado por su propia figura, con un casi absoluto dominio de los medios de comunicación, con un plan de acción diseñado, dirigido y supervisado rigurosamente por el castro comunismo desde La Habana, una dictadura que decidió dividir a los venezolanos, que despertó los demonios del resentimiento social, que ha hecho del abuso de poder y la legalización de sus atropellos su carta de identidad, que se adueñó de las instituciones y que de paso fue construyendo para su “defensa” organizaciones paramilitares ideologizadas.
Un régimen así constituido, como era de suponer, se sintió invencible y con derecho pleno de hacer lo que le viniera en gana, pero fueron tantos sus abusos, sus violaciones y su alto grado de corrupción, que hoy se siente acorralada por los reclamos de un pueblo que se cansó de sufrir por culpa de sus abusos y sus incumplimientos, y juzgada de la peor manera, por la comunidad internacional
La historia del poder no se cansa de contarnos que todas las dictaduras se derrumban por sus propios abusos y torpezas, que esa prepotencia y sensación de invencibilidad que exhiben en cada uno de sus actos, no deja de ser una señal inequívoca de su debilidad, y que mientras más se aferra su codicia a su insaciable gusto por el poder y la riqueza mal habida, más rápidamente se acercan a su propia destrucción.
Las dictaduras nunca han entendido que con cada abuso de poder caen más bajo, que mandar a punta de gritos y mazazos, no es gobernar, que a cada represión ejercida el repudio es mayor, que siempre hay un momento en la vida de los pueblos en los que el exceso de acoso y represión, hace romper el miedo y despierta el ánimo de la rebelión.
A esta dictadura instalada desde hace ya muchos años, el pueblo hastiado de tanto abuso, le dio un pre aviso cuando le otorgó con su voto a la oposición, la mayoría calificada y desde ese día, lejos de entender que estaba siendo moralmente revocada, prefirió desconocer el hecho, inventar el “como sea” para quedarse en el poder, acusar de fraude a la oposición y armar un ramillete de decretos, demandas, juicios y sentencias, todas con la criminal complicidad de las instituciones a su exclusivo servicio, y llevar a la población al mayor chantaje histórico que hayamos conocido: “o nos quedamos en el poder, o aquí correrá la sangre”. Dilema perverso con el que han tratado de mantener a ralla tanto a la oposición democrática, como al ojo crítico de la comunidad internacional y lejos de rectificar, la dictadura siguió avanzando por los caminos del abuso y de la inconstitucionalidad, al decretar las acciones necesarias para desconocer la voluntad popular y disolver la AN, teniendo como brazo armado a un TSJ que, cumpliendo con la tarea ordenada desde La Habana vía Miraflores, ha emitido 56 sentencias que siguen vigentes y que constituyen un golpe de estado continuado, violando la Constitución y sepultando el estad de derecho. Pero tampoco se detuvo allí y con el agua al cuello, invocó un diálogo amañado y dirigido por sus socios que fue abortado por el reiterado incumplimiento del régimen en los acuerdos sin detener la represión, acompañando su prepotente intolerancia con la retórica del insulto y la amenaza, lo que acabó con la paciencia del pueblo, de la oposición y de los organismos internacionales.
El repudio a su conducta ha sido mundial, el comportamiento de su cancillería no ha hecho otra cosa que arrojar más luces sobre su naturaleza arbitraria y el paulatino abandono de muchos de los que fueron sus aliados en nuestro continente, nos hablan de que la supuesta invencible dictadura tiene los pies de barro y que en cualquier momento podría no sostenerse. Hoy a este régimen, ya tipificado sin lugar a dudas como una dictadura que se niega a celebrar elecciones porque las perdería, que se niega a liberar a los presos políticos, que se niega a reconocer que sus actos de gobierno condujeron al empobrecimiento del país y a una crisis humanitaria sin precedentes en un país que es dueño de la más grande reserva de petróleo en el mundo, está en el banquillo de los acusados, aparentemente atrapada y sin salida, con el agravante de que solo le queda, o renunciar, o rectificar en todo y convocar a elecciones, o lo que ha comenzado a hacer, espero que como acto disuasivo, caerle a plomo limpio a la gente según la consigna de sus más radicales y rabiosos que van gritando, no solo en sus reuniones privadas, “Esto es a muerte, o son ellos, o somos nosotros”.
Los sucesos de este martes pasado estuvieron llenos de una violencia desproporcionada contra un pueblo que no quiere violencia, que salió a protestar pacífica y democráticamente, que lo único que está pidiendo es elegir su destino con su voto. Pero es el casi que la violencia de los colectivos y de los cuerpos de seguridad contra los manifestantes, nos están anunciando que la guerra de los radicales del régimen ya empezó y que ya fue dada la orden de disparar. Escuchar sus arengas convirtiendo a la víctima en victimaria, diciendo que quien quiere dar el golpe de estado es la oposición, es una señal más que evidente de la violencia que se nos viene encima. Lo dicen el lenguaje, las movilizaciones, los disparos de los colectivos armados, la estridencia de las amenazas absolutamente irreflexivas de ciertos personajes siniestros que actúan sin pudor en un escenario explosivo como el que ha creado a golpe y mazazo la propia dictadura. Una vez más la dictadura olvidó que en el camino de la violencia está su propia perdición.

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