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Punto de encuentro de Venezolanos votantes en Bilbao

Una quietud que predice tormentas Antonio Sánchez García – El Nacional – 19 de Febrero 2017

unnamedEs una ley de la historia: a cada cochino le llega su sábado. Esta vez no habrá excepciones. Ni civiles ni uniformadas. Escríbalo.
Será un pecado venial, pero es pecaminoso confundir la tensa quietud que predice tormentas perfectas con los síntomas de la desesperanza. Como es un síntoma de miopía política confundir el silencio impuesto a culatazos y violaciones brutales de la libertad de expresión –con lo de CNN, como antes con NTN24 y todos los medios venezolanos que se robó, usurpó o compró con dineros de todos los venezolanos, el régimen vuelve a desatar su ira y su reconcomio contra el mensajero, en lugar de hacer un mínimo esfuerzo por demostrar la inocencia de los delitos de que se le acusa– con la silenciosa aceptación de la ignominia. Es lógico: quienes aún estamos libres del zarpazo de los esbirros y nos movemos día a día “por estas calles” lo vamos comprobando a cada esquina: el pueblo está harto, desesperado y hundido en el pantano hasta las rodillas. Ya no aguanta más. El odio contra el sátrapa, que no baja de 95% de rechazo, se ve obligado a revolcarse en las entrañas ante la infinita estulticia, pusilanimidad y cobardía de quienes se pretenden sus líderes. Julio Borges ha coronado su carrera política señalando en medio del temporal que la Asamblea, ahora bajo su presidencia, se ocupará del problema de la basura. Mientras el Departamento del Tesoro de Estados Unidos condena al vicepresidente de la República por terrorista y narcotraficante y CNN pone al desnudo el negociado de la Cancillería con pasaportes vendidos en Siria a los talibanes del ISIS. ¿Será esta otra ventana más abierta a la expresión del descontento popular que vuelva a ser trancada por la infinita torpeza e inmadurez de nuestro joven liderazgo?

Nadie que observe la dimensión de la ola que se ha ido acumulando en las profundidades de esta crisis humanitaria puede pensar que en Venezuela todo está en calma. Y escuchar replicar la odiosa frase de que “en Venezuela, pase lo que pase, no pasa nada”. Como si fuéramos la piara de cerdos endemoniados tirándose a los abismos según el relato de los evangelios. Basta la experiencia: ¿quién hubiera pensado en diciembre de 1957 que el año que se abriría horas después de la noche vieja, dejaría oír el repiqueteo de las ametralladoras y los comensales de la cena de noche buena en Miraflores podrían terminar, unos huyendo despavoridos con su maleta de dólares a la rastra, mientras los otros encabezarían la rebelión tres semanas después? Relea los periódicos de la época: ni un solo síntoma del tsunami que estaba gestándose en las profundidades del Caribe y estaba a punto de reventar en Venezuela. Como en efecto. Tampoco Llovera Páez, el segundo de a bordo, era un narcoterrorista sancionado por el Departamento del Tesoro ni los sobrinos de Pérez Jiménez –si los tenía– estaban rindiendo cuentas ante las autoridades norteamericanas por pretenden introducir una tonelada de cocaína en territorio norteamericano. Y para ponerle la guinda a la torta: ni AD era la hacienda personal de un adelantado ni el PCV la zarrapastrosa corte de los milagros que pulula mendigando dólares preferenciales por los pasillos de Miraflores. Aquel estaba en manos de Simón Sáez Mérida y este en las de Pompeyo Márquez. ¡Vaya diferencias!

Un ex presidente socialcristiano extrajo las conclusiones que vio reafirmadas un 11 de septiembre de 1973, viéndose obligado a formular la famosa ley que bien podría llevar su nombre, la Ley Herrera Campins: en Venezuela, y no solo en Venezuela, “militar es leal hasta que deja de serlo”. Lleva la impronta de Wolfgang Larrazábal. Una ley de densidad variable que comienza a funcionar en cuanto menguan los recursos de la prostitución y las corruptelas de los paniaguados, mientras la cantidad de generales a ser prostituidos supera las asignaciones presupuestarias y el número de aspirantes. ¿Llegarán las camionetotas y los dólares burdamente preferenciales hasta esa oficialidad media y baja que pasa tanta hambre, penurias y desvelos como los miembros de sus pobres familias? ¿Es lo mismo un general apadrinado que un subteniente ninguneado?

Incluso el más empingorotado, corrompido y apadrinado de los generales de las élites uniformadas castrocomunistas de las tres fuerzas debe tener nietos que más temprano que tarde serán adultos. Y cuando en Venezuela gire la rosa de los vientos y la decencia vuelva a campear por sus fueros leerán los nombres de los responsables de esta infamia sin precedentes en la historia de nuestra patria llenando de escándalos las portadas de los periódicos. Revise la historia: todos los responsables de las infamias del pasado, microscópicas en comparación con las del presente, fueron desenmascarados y enjuiciados por la vendetta popular. Sucederá exactamente lo mismo cuando los nombres de quienes hoy disfrutan de miles de millones de dólares saqueados a las arcas fiscales colmen los titulares de las páginas de sucesos y más de uno termine en La Haya. ¿O son tan menguados intelectual y moralmente como para pensar que habrá un Panteón Nacional para el Cártel de los Soles y misas de gloria para los traidores uniformados? Se oirán otras voces. ¿También abuelito fue un ladrón redomado, un canalla que traicionó a la república, un comunista enchufado, un narcotraficante, un terrorista, un violador de los derechos humanos?

Quien conozca la historia, no solo la de Venezuela, sino la de América Latina y haya hurgado en los textos antiguos sabe que, en efecto, “no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”. Desde la de Julio César a la de Pérez Jiménez, todas las tiranías se derrumbaron y sus prostituidos personajes civiles y militares –monarcas absolutos, reyes sin corona, presidentes aclamados, caudillo venerados y sus cortes de lameculos, empresarios, correveidiles, testaferros y verdugos– que coronaran la saga del poder absoluto y fueran amos y señores, dioses y semidioses de sus pueblos y naciones, terminaron arrastrados por los suelos de la abominación y la infamia o degollados por la guillotina de la indignación popular: en el siglo XX europeo desde Stalin, Hitler y Mussolini, hasta Batista, Rojas Pinilla, Chapita Trujillo, los Somoza, Stroessner, Videla, Pinochet y otros en América Latina. Los que mejor salieron, murieron en sus camas, como Juan Vicente Gómez, Stalin, Franco y Fidel Castro. Para luego ser vomitados por sus pueblos. No queda una sola estatua en pie de sus canallescas figuras. En una sospechosa disposición premonitoria, Raúl Castro ha prohibido la reproducción escultórica de su hermano, el otro tirano.

Es una ley de la historia: a cada cochino le llega su sábado. Esta vez no habrá excepciones. Ni civiles ni uniformadas. Escríbalo.

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