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Punto de encuentro de Venezolanos votantes en Bilbao

La cruel y ladrona dictadura venezolana está al descubierto – Editorial El País – 2 de Febrero 2017

Hugo Chávez “se volvió un maestro en el paradójico arte de destruir la
democracia a punta de elecciones, sigilosamente”, aseguran Moisés Naím
y Francisco Toro en su más reciente artículo para el diario El País de
España.
En el texto, titulado Venezuela: los progresistas del mundo no pueden
seguir callados, los articulistas hacen un recorrido por la Venezuela
del fallecido expresidente venezolano y aseguran que su compromiso con
la democracia “duró exactamente lo que duró su mayoría electoral”.
“La fachada democrática del chavismo se ha derrumbado; la cruel y
ladrona dictadura que solía esconderse tras ella está al descubierto”,
sentencian.

A continuación la columna íntegra:

“Hasta hace poco, el régimen que fundó Hugo Chávez era objeto de
fascinación para los progresistas del mundo entero. Viajar a Venezuela
a ver los logros de la revolución bolivariana se hizo parte de la
agenda de una buena cantidad de activistas altermundialistas. La
Venezuela de Chávez era celebrada.Eso se acabó. La calamidad no se
celebra. Y culpar de la catástrofe venezolana a Estados Unidos, a la
oposición o a la caída de los precios del petróleo solo convence a un
menguante grupo de ingenuos —o fanáticos—. El régimen chavista ha
perdido su máscara: su militarismo, autoritarismo, corrupción y
desprecio por los pobres están a la vista.
¿Por qué tardó tanto el mundo en enterarse? Porque Chávez acuñó un
nuevo modo de actuar en política en el siglo XXI conjugando un
simulacro de democracia con poder ilimitado y un boom petrolero.
El primer ingrediente fue la manipulación del sistema electoral.
Chávez rápidamente entendió la importancia de no aparecer ante el
mundo como un militar más que gobierna autocráticamente. Mientras
hubiese elecciones, él era un demócrata. A muy pocos fuera de
Venezuela parecían interesarles los aburridos detalles acerca de
listas de electores sigilosamente falseadas, el ventajismo descarado,
el uso masivo del dinero del Estado para comprar votos o discriminar a
la oposición o el hecho de que los árbitros electorales fuesen
activistas del partido del Gobierno.
Fue así como Chávez se volvió un maestro en el paradójico arte de
destruir la democracia a punta de elecciones. Sigilosamente.
Los venezolanos han votado 19 veces desde 1999, y el chavismo ha
ganado 17 veces. Y después de cada elección, la Constitución era
violada un poco más, los tribunales y organismos de control más
cooptados, los contrapesos institucionales más debilitados y las
libertades más coartadas. El mundo no dijo nada.
El torrente de petrodólares que entró al país durante la larga bonanza
petrolera de 2003-2014 se vio amplificado por un masivo endeudamiento
que hoy llega a 185.000 millones de impagables dólares. El dinero se
usó con dos propósitos: subsidiar el consumo de las clases populares y
la corrupción de la oligarquía chavista. Mientras tanto, la economía
real se desbarrancaba. Con la desaceleración económica y el colapso de
los servicios públicos (seguridad, salud, educación, etc.) fue
menguando la popularidad del Gobierno, lo cual lo forzó a cambiar de
táctica: ahora toleraría derrotas electorales, pero no la pérdida de
poder. Así, poco después de perder el control de una institución
pública por la vía electoral, Chávez procedía arbitraria e ilegalmente
a quitarle recursos y poderes.
Cuando Caracas eligió a un alcalde de oposición, Chávez primero le
retiró sus principales competencias y luego Maduro terminó
encarcelándolo. Cuando los votantes le dieron el control de la
Asamblea Nacional a la oposición, el Tribunal Supremo, abarrotado de
chavistas, bloqueó cada uno de sus actos. Ahora el Gobierno habla con
desparpajo de eliminar por completo la Asamblea.
El compromiso de Hugo Chávez con la democracia duró exactamente lo que
duró su mayoría electoral.
Algo parecido ocurrió con los medios de comunicación. Chávez entendió
que cerrar medios independientes dañaría su reputación internacional.
Pero para la Revolución Bolivariana la libertad de expresión es una
amenaza inaceptable. La solución fue comprar los medios de
comunicación independientes a través de empresarios privados. Los
nuevos propietarios inmediatamente los transformaron en vehículos para
la propaganda oficial. Decenas de periodistas fueron silenciados y la
libertad de prensa en Venezuela se convirtió en una farsa: la
disidencia desapareció de los medios que llegan a la mayoría de la
población. La retórica chavista de solidaridad con los más
desfavorecidos también resultó ser fraudulenta. Los discursos de amor
a los pobres encubrían el saqueo del país por parte de Cuba y la
inconmensurable corrupción de militares y de la burguesía bolivariana
o boliburguesía. Un revelador ejemplo de esta corrupción son los
100.000 millones de dólares en ingresos petroleros que desaparecieron
del Fondo de Desarrollo Nacional, donde estaban depositados. El
Gobierno jamás rindió cuentas.
Las acciones del régimen revelan un cruel desprecio por los pobres. Al
tiempo que las protestas de gente desesperada por el hambre son
reprimidas con inusitada violencia, líderes chavistas aparecen ebrios
en los vídeos de redes sociales encallando sus lujosos yates. Mientras
niños recién nacidos mueren por la carencia de medicinas, el Tribunal
Supremo leal al Gobierno censura a la Asamblea por haber solicitado
asistencia humanitaria internacional. Las autoridades no tienen
respuestas para la crisis y su indiferencia al sufrimiento del pueblo
es indignante.
Es válido suponer que saquear el país con las mayores reservas de
petróleo del mundo debería ser suficiente incluso para la más voraz
élite cleptocrática; pero no. El régimen también está profundamente
implicado en el narcotráfico. Las agencias antidrogas tienen a decenas
de altos cargos del Gobierno venezolano en sus listas de capos de
redes de traficantes.
Mientras niños recién nacidos mueren por la carencia de medicinas, el
Tribunal Supremo, leal al Gobierno, censura a la Asamblea.
A finales del año pasado, dos sobrinos de la primera dama fueron
grabados en Haití ofreciendo cientos de kilos de cocaína a compradores
que resultaron ser agentes de la DEA. Los sobrinos están tras las
rejas en Nueva York, esperando su juicio. Su tía, la esposa del
presidente, ha acusado a Estados Unidos de haberlos secuestrado. Uno
pensaría que el mundo ya debería haber perdido la paciencia con estas
aberraciones. Y eso ha comenzado a suceder, pero muy tímidamente. La
comunidad internacional reitera solemnemente su preocupación por
Venezuela, pero estas declaraciones no han tenido consecuencias.
Lo mínimo que podemos hacer para honrar la memoria de los miles de
venezolanos asesinados y los millones hambreados es hablar claro: la
fachada democrática del chavismo se ha derrumbado; la cruel y ladrona
dictadura que solía esconderse tras ella está al descubierto. La
izquierda del mundo que se dice progresista no puede seguir callada
ante la tragedia de Venezuela. La ideología no puede seguir
justificando el silencio cómplice

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